El preso número 007
Hoy hace 6 meses exactos que estoy preso. Soy Isaac Vidal, recluso en la prisión de Campos del Río en Murcia. Mí NIE o número de preso es el 2018 007 387. Me lo asignaron el 24 de mayo de 2018 al ingresar en prisión.
Haz el siguiente ejercicio, cierra los ojos por un momento e imagínate entrando por primera vez en tu vida en prisión, con una condena de 7 años por delante, aturdido por la frustración e impotencia que genera recibir un castigo que ni esperas, ni te acabas de creer y teniendo que dejar atrás una carrera profesional imparable, una mujer y tres hijos menores a los que amas y una vida feliz y repleta de sueños.
Para más INRI, se unía mi nombre de por vida a un asunto tan nefasto y pestilente como es el caso Gürtel, que ha acaparado más portadas y noticias que el caso GAL, además de haber conseguido cambiar el gobierno de España. Lo que está claro, aunque no parece destacarse en ninguna de las noticias que he leído horrorizado o en la propia sentencia, es que en ningún momento me han acusado de llevarme un solo euro o, como dice mi abogado, acusado sin pruebas de cargo. ¿Paradójico verdad?
Mucho antes de que confirmaran mi sentencia, empecé un proceso de mentalización que me preparaba para un probable escenario en el que el Tribunal Supremo ratificara mi condena. Mi carácter, de por sí combativo; mis principios y ese proceso de mentalización del que os hablaba, me ofrecieron una actitud verdaderamente insólita y sorprendente.
Llegué a pensar que me estaba volviendo loco cuando el primer día de mi ingreso en prisión y ya rodeado por esa realidad que anticipaba un enorme sufrimiento, reparé con una mezcla de superstición y esperanza en el 007 que contenía mi flamante pasaporte carcelario. Supongo que la desolación que se siente en un momento como ese, provocó que mi cabeza buscara irremediablemente alguna señal positiva, algún signo que consiguiera activar esa actitud que me había prometido a mi mismo durante ese proceso de mentalización que duró más de 5 años, que es el tiempo que tuve que soportar una imputación que amenazaba con detener mi vida con una durísima pena de prisión.
Tras fundirme en un abrazo insondable y silencioso con Mayte, dejo atrás mi libertad y entro pisando fuerte y respirando hondo en el módulo de ingresos de la prisión.
Son las 13:15 y hace un calor tirano, impropio del mes de mayo, parece que esté entrando en el infierno. Me atiende un funcionario de baja estatura y pelo escaso. Tiene ojos de color azul gastado, como si necesitaran una mano de pintura. Viste camisa beige bien abrochada y pantalón negro, un uniforme que, me temo, me voy a cansar de ver. Se dirige a mí con un respeto inesperado, me toma las huellas, comprueba mis datos y me hace una foto casera con una cámara minúscula del tamaño de una cajetilla de cigarrillos. Me da la impresión de que disfruta con esta parte de su mecánica tarea. Es un tipo diligente y, a pesar de sus horas de vuelo y de las miles de personas a las que habrá tenido que registrar, presiento una mirada de compasión que me consuela.
“Ahora le verá el médico y a continuación el educador, quien le indicará qué módulo se le asigna. Después tendrá que subir a su celda. Un ordenanza le acompañará. Espere ahí fuera mientras le acabo su NIE. Ha de llevarlo siempre con usted, a partir de ahora será como su carnet de identidad.”
Mantengo a raya, casi sin esfuerzo, la angustia que me debería estar azotando, es más, siento una calma perturbadora, tal vez por impredecible. Siento que, por fin, sé a qué atenerme con claridad tras mucho tiempo de amarga incertidumbre y de vivir con una espada de Damocles cada día.
El funcionario me entrega el NIE y, señalándome una sala, me indica que me siente. Hay una fila de sillas incrustadas en la pared con dos personas de origen árabe hablando en su idioma, pero en voz baja, como si les preocupara desconcentrarme. Me dejo caer en la silla y comienzo a estudiar sin mucho interés mi nuevo documento de identidad. Mis ojos se centran en el número y en él resalta el 007, que me conecta instantáneamente con una idea que me provoca una sonrisa estúpida, más si pensamos en lo dramático de ese momento de mi vida. Una conexión eléctrica con uno de los múltiples mensajes de apoyo que recibí cuando la sentencia ya era conocida por todo el mundo. Un mensaje especial por original e inteligente. Un mensaje, que en su momento me emocionó. Era de Ezequiel Sánchez y decía:
"Isaac, tranquilo, en las pelis de éxito al final siempre ganan los buenos".
Allí estaba yo, ensimismado en esos tres números mientras ese mensaje reverberaba en mi cabeza. Fue en ese instante, lo recuerdo bien, cuando tuve la sensación de que empezaba una aventura. Os va a parecer una broma, pero empecé a tararear en susurros la melodía del las pelis de James Bond: “Tan tara tan, tan tara tan, tan tara tan, tan tara…” y al escucharme a mí mismo, me sentí bien. Tenía que completar una misión difícil y arriesgada, aquella era la definitiva llamada a la acción. Me invadió una poderosa energía que me insuflaba ánimo y optimismo. Sentí la determinación a encontrar un porqué a todo esto. Recuerdo que me vino a la cabeza la frase de Nietzsche que mi padre me repitió en numerosas ocasiones antes de entrar:
"Quien tiene un porqué, puede soportar casi cualquier cómo”.
Yo tenía una enorme fe en mí mismo, una familia preciosa para la que tenía que seguir siendo un héroe y una larga batalla que librar. Me enfrentaba a una situación extraordinaria que requería una actitud igualmente extraordinaria. Era hora de poner mis habilidades a disposición de unas estrategias que debería desplegar para no sólo superar la adversidad, sino para salir reforzado de ella. Necesitaba también un modelo de principios sobre los que sustentar mi plan. Porque a toda costa necesitaba un plan. Como dice el poeta francés Rimbaud, “Nadie se hace hombre sin haber triunfado en sus fracasos” y, aunque no haya etiquetado este episodio de mi biografía como fracaso, sino como un lamentable accidente, si que tengo que encontrar algún triunfo en todo esto, o cuando menos un significado para mi y para todos los que ahora sufren mi privación de libertad, en especial para mi familia.
Empezaba una historia de resiliencia y superación que no iba a dejar que nadie escribiera por mí y que tenía la necesidad de compartir.